viernes 24 de septiembre de 2010
Catedrales de palabras y Castillos de naipes
- " Llévatelo"- dijo una de mis tías abriendo una bolsa de cartón para darme un libro.
La verdad es que tenía un montón de lecturas pendientes encima de la mesa y haciendo equilibrismos en los estantes, pero lo cogí. Era de Haruki Murakami, un escritor que la vuelve loca y del cual ya me ha hablado en otras ocasiones.
Como no había tenido la oportunidad de leer nada suyo anteriormente y el título me atraía por lo poético - Al sur de la frontera, al oeste del sol- lo empecé a los pocos días. Este autor está considerado por muchos como uno de los cinco mejores escritores vivos. Recordaba haber visto ejemplares de su Tokio Blues por todas las librerías, y quizás hubiera sido mejor empezar por uno de estos antes que conocerle por una obra menos llamativa, porque me sentí un poco decepcionada. Suelo pensar en que si alguien goza de esa fama literaria será merecedora de ella, como sentí con La peste de A. Camus o con Muriel Barbery en La elegancia del erizo, y seguro que Murakami tiene obras excelentes.
Conocer a un buen escritor por un texto menor es una lástima, es como leer Emily L. antes que El amante de Marguerite Duras. Las novelas son construcciones, catedrales enormes de palabras con sus cimientos sólidos para aguantar las alturas que debieran rozar. Hay páginas en internet que comentan lo que se tarda en escribir un libro, como si estuvieran hablando de un bizcocho con levadura al horno. Al leer La elegancia del erizo, siento que hay un tapiz de hebras sólidas e independientes que se engranan entre ellas, un mundo denso y rico en ideas y detalles, inteligente, con unos personajes tan perfilados que siento conocerlos bien.
Esto hace pensar que no hay autores sino libros. Hay libros geniales de grandes escritores que, en ocasiones, pueden cuidar menos de algunas obras, convirtiéndolas en textos más vulgares. Vengan de quien vengan, de Perros con Pedigrí o de Chuchos de Calle sin collar, esto es para todos.
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2 comentarios:
Coincido en tú pensamiento, estupendo artículo Myriam Me ha hecho reflexionar en el trinomio que se da entre el escritor, la obra y el lector concluyendo que ; el papel del escritor no es necesariamente el más importante, por más que sea el principal para que la obra exista.
Gracias JL, al final la obra es la que importa. Cómo el lector ( o el espectador de una ilustración) la hace suya, y lo contado arraiga en tu vida, si te toca fuerte. Y cada creación literaria necesita tiempo y densidad, no porque tengas ya nombre conocido las cosas van a ser distintas. Por mucha autopista de peaje que tome el libro, si no está cuidado cojea.
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