martes 5 de octubre de 2010

El Festín Del De Vez En Cuando


                                             Ilustración: JL Meana



  Cerradas cantidad de puertas a la satisfacción en sus muchas formas de ser, se tiran a la comida como vía de placer.
  El placer de comer. El placer inmediato.

  Es el gran gran Festín Del De Vez En Cuando. Hay cierto desorden, todos han llegado a la vez. Todos están hambrientos. El servicio ropero ofrece, por una cantidad simbólica, cabezas para los cansados de ir siempre con la suya, un respiro de conciencias, una interesante manera de pasar la noche pensando en otras cosas en las que quizás uno nunca reparó. Hay cabezas despistadas, personajes con cabeza de animales, con cabezas de cabeza... también puede uno ir sin cabeza.

  Mientras se ultiman los preparativos, sirven a los invitados cojones de mico y ostias como panes, y se baila el Fox-Trot. La charla está animada. Las bobadas bien dichas, escritas en las paredes o bien argumentadas son muy celebradas por el concurrido gentío que observa de soslayo a ver si han abierto ya la sala.

  La sorpresa se extiende al entrar y ver los asientos asignados con pronombres en pequeñas tarjetitas.

       - ¿Es éste el Mío?
       - Imposible, aquí dice claramente que es el Mío, ése debe ser el Suyo.

  Un cartel sentencia el menú: Cada uno comerá lo que crea que merece.

  Todos levantan la argéntea cobertura que protege sus platos.
  Todos miran con disimulo lo que tiene el de al lado.
  Empieza la cena. La mayoría toma arroz con gallo muerto y pan de postre. La Señora de al lado del Señor de cabeza de alcornoque bebe café descafeinado de sobre con leche desnatada. Una persona con cabeza propia y no alquilada corta un combinado de amígdalas con guarnición de otros miembros inservibles.

  "¡Qué despilfarro!" - dijo un Avestruz observando un riñón y un ojo de la cara en una bandeja ajena. Algunos, un tanto sonrojados, comen pollas, hay fuentes con mierda, con frutas de estación, con margaritas y perlas. Otros no tienen muy claro qué es lo que están comiendo, y los del fondo coinciden fabulosamente con la crema de calabacín. Todos mastican y sorben, meditando en qué diablos saben ellos mismos que ellos mismos no saben que saben.

  La velada resultó única, inolvidable. Uno sabe que todo tiene que acabar. Si no fuese así, ninguna de estas cosas sucedería y ninguno tendría tan especial recuerdo de aquella noche, en el Festín.


                                ( Texto de Fagocitos, Myriam Rivero)